RELECTURAS
Ahora que soy dueño de mi tiempo, releo libros que ocupan mi estantería de favoritos. Acabo de leer por segunda vez "El mar", de John Banville, autor muy recomendable, con el que me encontré hace más de una década. La segunda lectura de esta magnífica novela me decubrió nuevos matices, me hizo sentir nuevas sensaciones, me permitió saborear con calma la prosa pictórica, delicada y de enorme calidad del autor irlandés, al que, por cierto, acaban de dar muy merecidamente el premio "Príncipe - ¿princesa, será? - de Asturias de las letras". La literatura de Banville es un antídoto a tanta bazofia como nos sirven hoy la mayoría de las editoriales.
Alterno la literatura de ficción con otros escritos de ensayo y reflexión que me valen para intentar comprender la estrábotica realidad de Babel y el comportamiento de los alienados babilonios. Y uno de estos ensayos, de mediados de los noventa, válido aún para intentar comprender nuestro mundo y estar en guardia frente a los acontecimientos, es el libro editado por Caracciolo, "La democracia en Europa", una reflexión tripartita entre François Furet, Ralf Darendorf y Bronislaw Geremek, tres grandes del pensamiento europeo.
El polaco Geremek adiverte de que la democracia en Europa no está libre del peligro de su autodestrucción. La corrupción, el capitalismo salvaje que pone la política en manos de los mercados, el covertir la condición de político en una casta de privilegiados cada vez más aislados de la sociedad civil, y la corrupción que se ha instalado en todas las instituciones, son los grandes enemigos de la democracia. Pero el mayor de todos, dice Geremek, es la indiferencia de los ciudadanos . Transcribo sus palabras:
"La existencia de la democracia depende del esfuerzo del ciudadano. El enemigo mortal que amenza a la democracia es la indiferencia, la pasividad de los ciudadanos, la impotencia de los individuos frente al universo kafkiano del poder. Por esto se plantea la necesidad de un sentimiento político caliente, que pueda ser fácilmente construído en torno al mito de la comunidad".
En resumen (y esto lo digo yo), el pueblo tiene que estar siempre muy alerta, participar y hacerse oír, producir mucho ruído, hacer gestos y exigir que nuestros dirigentes políticos sean servidores del Estado y no déspotas propietarios..